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La filosofa, que es la razn ms la intuicin humana, puede llegar al convencimiento de que hay Dios. Tambin es razonable e intuitivo pensar que Dios acta y a sus hechos se les puede llamar revelaciones, en lo colectivo o en lo personal. Hecho de Dios, hecho de la voluntad de Dios, revelacin, por tanto, es cuanto aparece en nuestra vida como independiente de la voluntad humana, propia o ajena. Aceptando que no hay azar, sino Dios, una revelacin es sobrecogedora, puesto que pone al hombre en contacto con una realidad que le supera en inteligencia y poder. Pero ante una revelacin, el hombre puede optar entre sucumbir y postrarse o mantener su capacidad crtica, obra de Dios, ante otro hecho de Dios. Por ser hechos las revelaciones, la primera ciencia crtica que debe tratar de ellas es la historia, compilacin fidedigna de hechos e interpretacin razonable. La vida, muerte y resurreccin de Jess Nazareno ha podido razonablemente ser considerada como revelacin viva de Dios; con arreglo a la definicin de revelacin como hecho independiente de la voluntad humana, la revelacin de Dios en Jess Nazareno est en la venida a la vida de un ser humano con tales cualidades, en su pasin, no deseada, sino aceptada por l, y en su resurreccin que parece sobrepasar las potencialidades humanas. La transmisin de esos hechos es historia, por tanto interpretable. La crtica histrica tiene un papel. La historia de Jess Nazareno incluye palabras, pero afortunadamente, la transmisin de las mismas es insegura o contradictoria, a veces, o se muestran errneas de hecho algunas pocas veces, lo que no ya posibilita, sino que exige la crtica. La posibilidad de revelacin est en los hechos, no en las interpretaciones, ni siquiera en las palabras, que dependen de la voluntad humana de Jess Nazareno y por tanto no pueden ser puestas en la categora de revelacin directa del Dios que no habla sino por sus hechos. La distincin entre hechos e interpretacin hace que la ciencia de la historia deba preceder a cualquier teologa, en el anlisis crtico de la revelacin. Y la interpretacin teologal no puede ser confundida nunca con la propia revelacin; es siempre conversacin humana. No existen dogmas, no es legtimo formular dogmas. La Iglesia es en primer lugar una comunidad de memoria, es decir, de historia. Dentro de la memoria, conserva ritos, como el de la cena, vinculados al recuerdo de Jess Nazareno. Tambin puede considerarse una comunidad de salvacin, pero esto ya es teologa, ya es interpretacin humana. Cualquier dogma puede chirriar ante hechos nuevos e inesperados, por lo que cualquier afirmacin dogmtica est siempre en precario, asustada ante la historia por venir. Sin embargo, los hechos no chirran con los hechos. En todos ellos, directa o indirectamente, por mediacin humana, se ve la voluntad de Dios. | ||
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Supongamos que se sigue comprobando, por estas o las otras razones, que la homosexualidad es un comportamiento gentico, por tanto natural. Para ver si eso lo hace bueno o no, supongamos que por mil razones se comprueba que el sadismo es una tendencia gentica y por tanto natural. Lo que hace buena o mala una tendencia no es que sea natural en su origen, sino a dnde conduce, a un cielo o a un infierno. Si la homosexualidad impide que un hombre pueda amar a una mujer por ms que se empee, pero le permite amar a un hombre, es buena, puesto que le permite conocer el amor, quizs en sus tres fases: 1. Deseo. 2. Entrega. 3. Fusin Esta elevacin de la persona hasta el amor resulta directamente de la homosexualidad. En cambio, del sadismo, aunque fuera natural, no vendra directamente ms que crueldad y dominio. Esto hace que el sdico tenga que inhibir y canalizar sus tendencias, para no hacer dao, pero el homosexual no, puesto que su tendencia le lleva hacia un estado superior de la experiencia humana (y renunciar a su tendencia se lo impedira. No se puede aconsejar a los homosexuales que se casen heterosexualmente, porque no pueden amar heterosexualmente y nadie tiene que pagar por ese experimento moral, si fracasa) | ||
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CRTICA DE LA CRTICA
Por Kim Prez
NOTA PERSONAL. Para mi Primera Comunin, con siete aos, eleg yo solo una invocacin que deca: "Que yo est en Vos, Seor, y Vos en m".
Pocos aos despus, con nueve o diez, jugando en el suelo con una tartana de lata con su mulo, me di cuenta de que ansiaba encontrar un juguete que fuera Uno y que valiera por todos, para que no se dispersara mi atencin ni mis sentimientos.
Entre los catorce y los diecinueve descubr, delante del espejo, una transexualidad que un notable terico, Lacan, describe como el ansia del Uno antes de toda divisin.
PRESUPUESTO METODOL"GICO
Es posible reconocer que ciertas dimensiones del pensamiento entendido como lo que se piensa, proceden de la realidad del pensamiento mismo, entendido como lo que piensa, que resulta ser una parte de la realidad destinada a la interpretacin de la realidad.
Definir la palabra realidad, en el sentido en que la uso en este texto, antes de seguir: Por realidad quiero decir todo lo que somos y nos envuelve y ms agudamente, lo que nos constituye como sujeto del pensamiento y lo que percibimos como objeto del pensamiento.
Frecuentemente, pensamiento y realidad se han contrapuesto como sujeto y objeto, hasta el punto de examinar las propiedades del pensamiento por un lado y las de la realidad por otro; pero si el pensamiento es una parte de la realidad, algunas de sus propiedades deben remitir a las de la realidad, en general.
No es que la realidad sea pensamiento, segn la formulacin idealista; es, ms sencillamente, que, si el pensamiento es parte de la realidad, ciertas formas con las que empezamos a pensar deben corresponder a las estructuras de la realidad.
Por lo menos damos por supuesta esta correspondencia, hasta el punto de que no somos conscientes de las inferencias que tendra la posibilidad de que correspondan, lo mismo que no solemos ser conscientes del aire que respiramos.
Creo que hay por lo menos dos supuestos o postulados del pensamiento que pueden conmocionarnos al considerar que traducen la realidad:
El primero es que pensamos porque suponemos que pensar tiene sentido; de aqu se infiere que suponemos que la realidad sobre la que pensamos tiene sentido, que no es un conjunto catico.
El segundo es que pensamos tambin suponiendo que la realidad sobre la que pensamos es una, porque si tuviera brechas infranqueables, nuestros pensamientos sobre las distintas partes se dispersaran hasta el infinito; y en cambio, nos obstinamos tenazmente en mantener la unidad y coherencia de nuestro pensamiento.
El postulado del sentido est vinculado a lo que se puede llamar la economa del pensamiento. El pensamiento es un trabajo que se realiza, lo dir con humor involuntario, con medios escasos; requiere un esfuerzo y para realizarlo se tiene que postular que ese esfuerzo tenga sentido, es decir que conduzca a algo que no se tena al principio y que se tiene despus: un conocimiento. Como hecho de la economa del pensamiento (optimizadora del rendimiento de los medios limitados de que disponemos), ponerse a pensar, realizar el considerable esfuerzo de pensar, postula que este trabajo tenga sentido, porque si no lo tuviere, no valdra la pena realizar ese esfuerzo. Pero para que el pensamiento tenga sentido, debe postularse tambin que la realidad lo tenga, aunque sea en otra acepcin de la palabra, compatible desde luego con la primera, que se referira a que esta realidad, a menudo dolorosa, conduzca a un estado que tenga sentido lgico para el pensamiento. Este primer postulado se articula con el segundo mediante la necesidad (previa, tambin postulada) de coherencia; el sentido de la realidad tiene que consistir en que sea coherente en cuanto acomodable a la economa de la voluntad racional humana. Desgranemos esta necesidad lgica en dos partes. En primer lugar, si la realidad fuese incoherente, carecera de sentido pensar sobre ella. Los fragmentos de la realidad se dispersaran y nuestros pensamientos con ellos. Si consideramos que tiene sentido trabajar sobre la realidad pensando, es porque presuponemos que es coherente. En segundo lugar, si nuestro pensamiento/accin trabaja por acomodar la realidad a nuestra voluntad racional, es porque presuponemos que hay esa posibilidad y por tanto que tiene ese sentido, ms all de sus dificultades, peligros, dolores y contradicciones. La coherencia que necesariamente tenemos que postular para pensar sobre ella puede llamarse tambin la unidad de la realidad. Unidad que resulta por tanto uno de los dos postulados bsicos para considerar. Por tanto mi mtodo consiste en observar lo que el pensamiento nos dice de la realidad sobre la que acta; no quiero referirme a lo que los pensamientos nos dicen de sus objetos, sino a lo que el hecho de pensar, que es una parte de la realidad, nos informa sobre el conjunto de la realidad. No sigo en esta reflexin el estricto canon de los filsofos. El pensamiento humano puede ser crtico, racional y sistemtico o surgir de otras maneras. Cuando encuentro pensamientos tiles para mis propsitos de encontrar sentido y unidad en la realidad, los integro en el texto, sin ms precaucin que llamar a su conjunto pensamiento y no filosofa y a cada uno de sus asertos nocin o intuicin y no concepto. Me encuentro de pronto que, en nombre del sentido y la unidad del pensamiento y de la realidad, tengo que vincular esta reflexin, por ntima que sea para m, con otra sobre mi experiencia fundamental, ms fuerte y ms sorprendente desde mi niez, cuando me agachaba para constatar que lo que vea cabeza abajo era yo quien lo vea: la de lo que nombro como yo, que mientras est presente, lo contiene todo y, si dejare de estar presente, supongo que correspondera al apagamiento, al alejamiento de todo, a la prdida inslita de esta visin desde un interior donde estoy, todo vuelto exterior, todo cosa, todo fuera, todo objetivo, todo cegado para m, todo perdido. Mundo que se hara o se deshara, pero ajeno, fuera de mi compasin o mi esperanza por los que vinieran, porque yo no estara. Parte excepcional de la realidad, mi subjetividad, yo misma, parte nica, que nunca se reanudar si desaparece, yo dentro de m, yo vindolo todo desde dentro de m, viendo primero estas paredes de mi ser y desde ellas todo. Dure lo que dure, se mantenga en el tiempo lo que se mantenga, pero desproporcionada, tan pequea fsicamente frente a la magnitud del universo, tan esencial subjetivamente. Pues no s si el sentido de toda la realidad consiste para m en algo que corresponde con esta pequeez desmesurada que soy yo; al fin y al cabo, alguna vez tendr que clamar yo: "Esto tiene sentido!", as lo espero para que lo tenga para m. Y la unidad, la coherencia de toda la realidad es que aparece dentro de m aunque, lo reconozco, tambin yo aparezco y tengo que ser explicada dentro de ella. Soy una parte de la realidad que se despliega delante de m, su contempladora u observadora, su contenedora. En todo caso, no habr sentido ni unidad de la realidad si se prescinde de esta singular palabra: yo. UNA CRTICA DE LA CRTICA El pensamiento crtico siempre es dual, porque consiste en establecer una criba entre lo verdadero y lo falso, o lo bueno o lo malo, o incluso lo hermoso y lo feo. Por tanto, el pensamiento crtico no puede aportar una visin de la unidad; debe de haber otro tipo de pensamiento que permita verla. Puede contemplar el sentido, en cambio, porque un movimiento con direccin siempre se define dualmente, entre lo que est dentro de esa direccin y lo que est fuera. Por tanto, la crtica tiene que trabajar incansablemente sobre la cuestin de lo que tiene sentido y lo que no la tiene. Pero si, finalmente, la unidad reabsorbe todas las dualidades que ve la crtica, tambin reabsorber las del sentido y el sinsentido, pues el sentido slo puede conducir a la unidad, a la negacin de la dispersin, a la afirmacin de la coherencia. Slo tiene sentido lo que es coherente, se puede decir para volver a la fuerza del sentido comn. Para realizar esta crtica de la crtica, es necesario recordar que se est hablando del pensamiento humano o, lo que es lo mismo, de una necesidad operante en esta realidad viva y hecho asombroso al que llamo yo, y que de continuo pretende unificar con sed de coherencia todas las realidades que ve, que por su estado de ignorancia le parecen dispersas, lo que significa encontrar un sentido de los hechos que llueven incesantemente sobre l y de los actos y opciones con los que se ve obligado a responder. No es suficiente el pensamiento crtico; no se puede permanecer indefinidamente en su dispersin creciente, en sus dualidades. Con la misma persistencia con que se analiza, es prciso sintetizar, mantener la nocin de la coherencia de lo analizado. No es posible entender la diseccin, sin mantener el recuerdo de la funcionalidad y la belleza del cuerpo vivo. Tampoco parece muy factible definir lgicamente esa unidad. Puede decirse que "Todo es Uno", pero en esta definicin, en el que el sujeto es la pluralidad o la dispersin de todas las cosas y la unidad es un simple predicado, sugiere lingsticamente la inercia y la indiferencia del "todo vale lo mismo", aunque sea infinitamente. Seguramente es mejor decir "Uno es todo", en la que el sujeto es la unidad y el simple predicado es la pluralidad de todas sus manifestaciones o creaciones. La distincin lingstica es importante porque un mismo sujeto admite varios predicados, por lo que la unicidad de la unidad est mejor expresada con esta frmula que con la primera. La segunda significara enseguida "todo viene del Uno y vuelve al Uno". Pero estoy haciendo especulaciones lgicas que suelen dejar un halo de inseguridad y tristeza por la inseguridad. Afortunadamente, en este orden es posible trasladarse al espacio de la experiencia, que confirme los hechos mediante la seguridad de lo vivido. Estoy hablando a fin de cuentas de dos planos o potencialidades del pensamiento, el dual o relativo de la crtica, que es racional y permite ver la contraposicin entre sentido y sinsentido, coherencia e incoherencia, y el sentimiento de la unidad, que es intuitivo, pero al que no se suele llegar de hecho, sumido como est en las discusiones crticas o contraposiciones dialcticas. Pero a veces llega. El sentido slo puede estar en lo que colme las ansias que hay en m. S que necesito el Paraso o la Utopa, o todava ms. Lo llamar lo Absoluto, pero puedo llamarlo tambin Perfeccin. Dicho al revs, s experiencialmente que slo algo que fuera absoluto y perfecto colmara las ansias que hay sin duda alguna en m. Cualquier decepcin humana, cualquier frustracin, es un momento religioso en cuanto nos hace percibir esa sed insaciable. Eso es percibir la necesidad de lo Absoluto o lo Perfecto en nuestras vidas. Nuestras conciencias estn habitualmente desengaadas respecto a las limitadas posibilidades del orden de lo relativo, pero su sed sigue virgen. Son el amor y el deseo de la belleza, el ansia de la risa inagotable, pero tambin el odio y la violencia que encuentran que todo el dao que puedan hacer es insuficiente para calmarlos, lo que nos hace sentir la necesidad de lo Absoluto, que por serlo, debe de estar ms all del bien y del mal, que son relativos, del gozo o el dolor, en ese orden en el que todo se supera y se excede al que se llama gloria. Lo Absoluto tiene que ser uno, porque si hubiera cualquier dualidad en l ya no podra ser definido con el nombre de Absoluto y si hubiera varios Absolutos, ninguno de ellos lo sera. Tambin experiencialmente sabemos que nuestra sed slo se puede calmar del todo con algo que sea Todo y lo que llamo Todo tiene que ser Uno. As se llega del nico sentido que puedo concebir para mi vida, la saciedad absoluta de sus ansias, a la unidad de lo que pudiera saciarlas. Con arreglo al mtodo que vengo siguiendo, si en mi conciencia hay un ansia o una necesidad, presupongo que la realidad de la que forma parte debe poder saciar esa ansia. No es cuestin de tener fe intelectualmente, creer y esperar no es una cuestin de juicio crtico; tenemos fe y esperamos que se sacie visceralmente; nuestra realidad, tal como estamos hechos, supone la fe y la esperanza, o con otra palabra, la necesidad. No se puede vivir como si Dios no fuera dado, porque nuestra propia naturaleza nos pide constantemente "Dios, Dios, Dios". Cualquier otra opinin se debe a un equvoco acerca de lo que Dios puede ser. Por tanto, para establecer ms prcticamente aquello de lo que estoy hablando, conviene darle nombre. Sera la conciencia preexttica (experiencia musical o esttica, en la que todo se reorganiza, experiencia de la luz solar, o del campo estrellado, o de la grandeza del mar, que por eso ha sido llamada sentimiento ocenico, expresin cercana a la de Absoluto o Perfeccin), exttica y supraexttica (tal como la describen fenomnicamente Santa Teresa de Jess y San Juan de la Cruz) La experiencia mstica es el banco de pruebas constante de esta teora, en el que pasa de la categora de especulacin a la de conocimiento emprico. Hace falta tambin registrar que la experiencia mstica no es slo un estado subjetivo, lo que podra descalificarla como alucinacin de cualquier clase, sino como una situacin objetiva en la que empiezan a funcionar otras leyes de la naturaleza, como la levitacin. A travs de la elevacin de la consciencia, el sentido del sinsentido es la unidad. En esta afirmacin se pasa del plano de lo relativo al de lo absoluto. En el conocimiento uno de la realidad una, ya no hay crtica. sta es la crtica de la crtica. UNA TICA DEDUCIBLE Una filosofa del sentido y de la unidad debe crear una tica del sentido y la unidad, lo que la diferenciar radicalmente de todo agnosticismo o atesmo que contemple la existencia como un sinsentido (no poco retricamente, Sartre) o como desorganizada y sin unidad. La unidad en s est eximida de toda legalidad, lo que la hace absoluta, pues en otro caso estara sujeta a un s y un no y por tanto a una divisin; pero los seres humanos, en la medida en que le somos relativos, estamos sometidos a una legalidad que es nuestro sentido y que consiste en existir para ella (s) y en (no) alejarnos, dispersarnos, extraviarnos, perdernos de ese nico sentido. Debe de haber una nica unidad, una sola forma de unidad de toda la realidad; este enunciado de la unicidad de la unidad lleva al hombre a que su tica est centrada excluyentemente en la conciencia de la unidad que nos sobrepasa; elegir cualquier otro centro de la vida, por alto que parezca, yo misma, lo humano, la propia nacin, una revolucin, no digamos el poder, la fortuna, el placer, es lo que se entiende en lenguaje religioso, por idolatra; filosficamente se podra decir seudocentrismo, pero prefiero utilizar el trmino tradicional, mucho ms descriptivo. El enunciado de la unicidad de la unidad dibuja en negativo una tica; todo lo que no sea servirla como el centro de la propia existencia es perderse o extraviarse. Cmo se acta en consecuencia con esa unicidad, que no es de por s slo un concepto, sino una exigencia prctica que descascara de nuestra consciencia todo lo que no sea el servicio a la unidad? Cmo se subordinan a ella el resto de los intereses, deseos o voluntades? La respuesta va implcita en la pregunta: mirando siempre a la unidad absoluta y relativizando hacia ello todo lo dems. Con otras palabras, sabiendo que slo lo absoluto puede llenar el corazn del hombre y que todo lo dems que hay en nuestra existencia presenta los lmites de lo que es relativo o tendente hacia l, sin llegar a l. Me atrevo a dar un paso ms: si la necesidad o tendencia hacia la unidad absoluta es lo que se llama amor (absoluto), el hombre que ve las distintas realidades debe amarlas, como encarriladas hacia esa perfeccin y siempre desencarriladas, porque ese amor expresa su propia necesidad de unidad absoluta. La idolatra puede definirse como dispersin de la mente. Privado el hombre de su centro, que slo puede ser la unidad, pero necesitado de un centro, lo pone en las ms diversas relatividades, absolutizndolas. Puede decirse entonces que la idolatra es la esencia de todos los errores humanos. Sentido y unidad son el bien para el hombre, idolatra es el mal, la dispersin, el extravo. La tica que se deduce de la unidad parece volverse consistente y esclarecedora: lo clasifica todo, como debe corresponder a una tica, entre lo bueno y lo malo. El egocentrismo es malo, porque es una idolatra de s mismo, entendido en la prctica como centro del universo, al que todo debe servir. Es bastante ridculo que quienes no decidimos ni cundo y cmo llegamos ni cundo o cmo nos vamos nos creamos el centro de la realidad, pero es cierto que pretendemos ponerla a nuestro servicio, que manipulamos a los mismos humanos y que el balance de nuestra felicidad lo hacemos segn como nos haya ido, con un criterio terminantemente personal. Poder, placer y halago sin lmites, no relativizados, no sometidos a otro fin mayor que yo, son las grandes aspiraciones egocntricas. No estn muy lejos del egocentrismo otras formas de idolatra, como el nacionalismo, que ya ha costado centenares de millones de muertos o el revolucionarismo, que halla su centro en una nebulosa revolucin, cuya cosecha de sangre humana es tambin tan caudalosa como desproporcionada en relacin con los mediocres parasos conseguidos. Ms sutil y peligrosamente, en otros mbitos, el mismo nombre del Uno (no el Uno, que no se deja usar) es usado idoltricamente, cuando el hombre no se centra realmente en l o no reconoce su dependencia de l, sino que lo manipula para justificar su propios fines egocntricos. Pero el error de la idolatra consiste en poner todo ello como falso centro en el lugar del verdadero centro y no concederle la valoracin relativa que merece. Quizs slo tenga sentido valorar absolutamente el amor humano o la msica o la verdad, en cuanto que son manifestaciones que nos aproximan al esplendor de la unidad. Mi ciudad, mi pueblo, mi nacin, mi partido, deben ser valorados relativamente, sin convertirlos en el centro de mi vida, que puede ser slo uno. ANTROPOLOGA Y POLTICA Porque si la aoranza del absoluto y del punto en que algo en el ser humano transciende al ser humano, estn en lo ms alto del pensamiento, las consecuencias antropolgicas y polticas son, como se sabe, radicales. La civilizacin kantiana est basada sobre el supuesto de que la capacidad mayor del hombre es la racionalidad, por lo que las cualidades supremamente respetables deben ser la capacidad crtica y las libertades de pensamiento y de expresin. Pero el supuesto con que he comenzado estos prrafos hace deducir que son respetables en cuanto expresin de la mente razonadora o dialctica, si bien a su vez deben respetar una consciencia que opera no sobre las distinciones sino sobre las intuiciones, por lo que no es crtica ni criticable, ni tiene que ver con la libertad de pensamiento, porque no depende de nuestra voluntad, ni tampoco con la libertad de expresin, porque se remite a lo indecible (todo lo decible se fundamenta en la distincin) La consciencia de la unidad, siendo ms humilde puesto que sabe bien que esa percepcin no est en su mano manejarla, llega a ser ms alta y perfecta que la consciencia racional, aunque no niega su propia racionalidad ni los derechos que le competen. Resulta esencialmente limitada una consciencia humana que no haya aprendido la posibilidad de esa altura, puesto que es desde esa dimensin de arriba desde donde se completa. La nocin tica que se desprende ms centralmente de este hecho es que el hombre no est hecho para servirse a s mismo, lo que sera servir al vaco, sino servir a ese centro en el que el ser humano es superado. La idolatra del yo propia de la civilizacin kantiana, en la que slo se exige lo que yo quiero, se cambia por otra concepcin en la que yo sirvo pero a la vez me sirvo ms profundamente. Pero cmo puedo servir, en la prctica, o qu criterio puede guiarme? No puede ser nada que tenga que ver con mis deseos, por lo que acabo de decir; tiene que ser lo que muestre la gloria de lo que me supera y es ms que yo y esta gloria se alcanza slo en las dimensiones preexttica, exttica y supraexttica de la conciencia. Las estructuras crticas y racionales deben, por su parte, respetar esta extraa dimensin humana, admitir la posibilidad racional de su realidad dadora de sentido y unificadora y, por lo menos, callar respetuosamente ante ella, dndole un significado nuevo al dictum de Wittgenstein, "de lo que no se puede hablar, ms vale callar" Frente a la neutralidad despectiva del laicismo actual ("todo lo que no es racional es irracional") hay que reclamar un silencio respetuoso de lo que se ignora, de lo que quienes tienen esa experiencia, dicen que es sobrecogedor, aunque a la vez saben que no est a su alcance transmitirlo a quienes no lo han visto ("lo que no es racional puede ser sobrerracional") No se trata por tanto de lo evolucionado frente a lo primitivo, sino de lo conocido pero limitado frente a lo que otros insisten en que es desconocido pero ilimitado. Respeto expectante frente a la naturaleza humana. | ||
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1 de junio de 2005 Los dos problemas ms fuertes con que me he encontrado en mi vida de pronto me parece que tienen algo en comn: la transexualidad y la neurosis obsesiva, hoy llamada trastorno obsesivo (necesidad de lavarse las manos, temor a los contagios, etc) La transexualidad (desde los 13 aos) se form como deseo de una imagen corporal aceptable para m que sustituyera la que no poda aceptar. La neurosis obsesiva (desde los 15 16), como persecucin de una imagen ms que limpia, inmaculada, que cualquier incidencia poda echar abajo. Las dos figuras estaban relacionadas: la transexual era la de una muchacha digna de ser amada, a diferencia de la figura masculina, que me pareca repulsiva. Por tanto, la limpieza, la inocencia, el frescor, deban ser tambin cualidades suyas. Nunca me haba planteado la relacin, incluso la identidad de ambas figuras, que me parecan completamente duales y hasta incomunicadas, pero ahora voy viendo que son lo mismo, una referida al gnero, e intermitente, y otra a la moral, y continua. En este sentido, mi transexualidad pudiera entenderse como una prefiguracin concentrada del trastorno obsesivo, pero sabiendo, como s, las razones objetivas y claras de rechazo de lo masculino que sufr desde los 10 aos, veo que la neurosis obsesiva es realmente una generalizacin de mi transexualidad a cuestiones que estn fuera del sexo. En ambas, se trata de la bsqueda compulsiva de una imagen propia aceptable, lo que indica probablemente una herida narcisista profunda. Debe de haber una fase narcisista de la evolucin personal, situable precisamente en la preadolescencia y la adolescencia. El narcisismo se colma normalmente mediante los procesos de homofilia (con los compaeros) y de valoracin por parte del padre, que, si faltan o incluso llegan a estar bajo mnimos, pueden provocar una ansiedad narcisista, o ansia de aceptacin y valoracin, tan presentes incluso a mis 64 aos. Lo mismo que una situacin relativamente pasajera de miedo fsico me produjo, a los 8 aos, un esbozo de reaccin masoquista, que enseguida se disip, las heridas narcisistas persistentes de mi adolescencia (incluido el fracaso radical de mi intento infantil de liderazgo), determinaron las reacciones transexual y obsesiva. El ansia de ser querida, de tener una imagen amable y hasta admirable frente a los dems y ante m mismo, de no verme degradado (sosera, timidez, falta de gracia, fea masculinidad), explica que me acepte y me guste en mi imagen femenina actual, que me estabilice y pueda sentir bienestar. Esto parece corresponder a necesidades afectivas muy fuertes, de aceptacin, que se disfrazan de varias maneras para intentar colmarse, encontrndolo imposible por medios ms simples. Se puede suponer razonablemente una fundamentacin biolgica en mi relativa asexualidad ms o menos definida, comn a muchas personas transexuales, y visible en las fotos de mi niez y preadolescencia, como nio muy delicado. Tambin se puede ver, ms adentro, en mi pasividad e incapacidad de entrar en el activo mundo de los chiquillos, en mi sensibilidad de llorica y ms tarde en mi libido difusa, y en mi falta total aun de comprensin del impulso de penetracin, aunque no se ve desde luego en mi ira ni en mi orgullo, callados pero reales. Tericamente podra justificarse todo ello en la falta de afirmacin personal en una edad crtica y en los bloqueos evolutivos subsiguientes, porque de hecho, en cuanto me he afirmado, segn lo que dice Lacan, identificndome con lo Uno anterior a toda escisin, en una reaccin simblica inconsciente, me siento segura y hasta arrogante. Como para reafirmarlo, dir que carezco de cualquier proyecto de vida que pudiera considerarse femenino (los hay,oh deconstructivistas) y que desde que llegu a tal afirmacin, no antes, me identifico espontneamente con los gays y no con las lesbianas. Mi transexualidad resulta entonces una suprasexualidad, desafiante y orgullosa, mucho ms dinmica y creativa que la simple y triste asexualidad. | ||
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1 de junio de 2005 "Me pongoa escribir sobre el golpe desestabilizador que me he llevado,cuando he sabido que la Arqueologa no encuentra restos ni pruebas del reinado de Salomn, y probablemente Jerusaln estuvo en ese siglo despoblada, todo lo ms una aldea de las montaas.
Si eso es falso, todo lo anterior se pone en duda. Libros enteros de la Biblia, los llamados histricos, se deslegitiman o se llenan de incertidumbres. El resumen de todo, dicho con toda precisin, esque a lo peor se desvanecen las pruebas histricas de la accin de un Dios".
El 29 me met en el Gnesis, y me di cuenta de que es un amasijo muy curioso, hecho casi con el mtodo informtico de copiar y pegar.
Pero las historias que rene son verdaderos relatosorales, que cumplen todo lo que se les puede pedir: son imaginativos, cortos, memorizables, rtmicos, con formas definidas y simples, lo que cualquiera puede recordar como "historias de los antiguos", transformadas, estilizadas, acomodadas a otros fines... El recopilador del Gnesis las respet tanto como para ponerlas tal cual como le llegaron, aunque fueran contradictorias o repetitivas de lo mismo con distintas formas. Por eso mismo, se hace verosmil que oy viejos cuentos, y que los apunt todos, o que manej escritos no menos antiguos, copindolos todos y limitndose a intentar ponerlos en orden. El Gnesis por tanto me enternece porla autenticidad que tiene como transcripcin y por la sencillez y lo popular de lo que transcribe. Son historias familiares o tribalesque aluden nada menos que a la relacin con Dios y por tanto, contra lo que yo tema, recogen recuerdos vivos relacionados con Dios; un Dios que actuaba como vivo, hacindose presente de alguna forma, comohombre o como visin, Yahv, el Dios de cierto Abraham.. "Rey Cond se paseaba la maana de San Juan; dndoleaguaaa a su caballooo, porla orillita del mar. (Del siglo XIV al XX, cuandounolo cant en Benala, cerca de Granada) | ||
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14 de mayo de 2005 Bajo la cuesta dndome cuenta de que estoy vaca de amor. Miro el alto rbol, altsimo, bien podado, oscureciente, que me consuela por su belleza. No hay nada de malo en que yo desee tener alguien a mi lado que me haya tomado las manos, para sentir las suyas, o que me haya mirado con ojos de cario, por encima de mi incredulidad. No ocurri eso ni con veinte aos, ni con treinta... No ocurrir ahora, previsiblemente, con sesenta ni con setenta... Qu largo espacio vaco y negro he tenido que recorrer! Qu dolor, que angustia y qu miedo, por lo que todava tenga que pasar! No ha podido ser porque no soy capaz de desear a una mujer ni tampoco a un hombre. A otros les brillan los ojos, desean y por eso se sienten y son deseados. Yo no. Yo he sido hecha, como tantas otras, para estar sola. Entro en la iglesia y de pronto me llega un registro diferente. El sacerdote tambin est solo y triste por su soledad, pero tiene algo ms. La Iglesia es como una familia, un poco sosa, pero afectuosa. Menos mal que existe desde hace tantos siglos. El sacerdote est para dar paz a los fieles, para orlos en su desamparo; muchos de ellos tienen esta misma clase de soledad y de tristeza. Pero en la iglesia es como si esas cosas no importaran. Se dan gracias a Dios. Es verdad que las manos de Dios no se tocan, ni tampoco tocan, pero lo que da, que es ms sutil, es quizs ms reconfortante. Se olvida todo lo de antes; ya no se desea; se acepta lo que venga. Es bueno, viene de Dios, es un regalo de Dios. Recuerdo las acusaciones incrdulas de conformismo e incluso abyeccin. Pero los seres humanos estamos muy solos y Dios es poderoso. Hoy es Pentecosts, y en la primera lectura se lee el esplndido relato de la visin de Ezequiel, cuando ve un inmenso valle lleno de huesos secos, toda la casa de Israel, pero Dios le dice que lance un orculo, y vendr el espritu santo de los cuatro rincones de la tierra y pondr tendones sobre los huesos y carne y piel, y Ezequirel ve que lo hace y que todos se levantan. Dios puede hacerlo. No puede hacer que se reabsorba un tumor enorme en diez minutos, como lo presenci Alexis Carrel, todava incrdulo? Con Dios nadie est solo. Miro mis manos, pensando que Dios puede amarlas, aunque ningn hombre las haya amado ni ellas han podido amar ni acariciar a ningn hombre. Para estar cerca de Dios hace falta habituarse a pensar de otra manera. Desear, se puede desear, pero hace falta poner por encima del deseo la ternura y la pureza. A partir de ellas se puede sacar incluso un valor como el de un padre o una madre. Pero en el mundo de hoy, en mis libros, no hay ms que deseo. Por eso me siento destruida, aunque enamorada, cuando termino de leerlos. Por eso me llevan persuasivamente hacia la muerte. | ||
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13 de mayo de 2005 Escribo como catlica libre o heterodoxa (en realidad, nazarena, pero slo yo s lo que significa esto) en un portal catlico conservador. Tengo afinidades con su pensamiento de creyentes que me permiten intentar desactivar algo de la fobia real que sienten sobre todo hacia los gays. Trazo mis mensajes con cuidado y controlando el tono para no exaltarme ni perder fuerza moral. Las respuestas tienen un estilo amistoso y educado y un fondo desconcertado. Les sorprende que haya alguien que hable a favor de los gays y a quien haya evidentemente que respetar. Las personas que entran en el foro son en general buenas e idealistas, tambin cultas y entregadas, pero necesitan agarrarse con toda su fuerza al armazn de la ortodoxia. Esto hace que sea difcil discutir con ellas, porque cuando pongo un argumento fuerte (por ejemplo, que no puedo aconsejar a ningn homosexual o transexual que se case heterosexualmente, pensando que "as se me pasar esta tontera"), lo callan en la discusin y se agarran en cambio a cualquier frase que se me haya escapado que sea discutible. No quieren que nada resquebraje su conviccin ptrea. Entre los buenos amigos que estoy encontrando, uno me ha hablado de su vida, en mensajes privados, con emocionante confianza; yo todava no le he correspondido en la misma medida. Una mujer es acogedora y comprensiva; puedo confiar en sus mensajes, ortodoxos pero sobre todo humanos. No pretendo cambiar la actitud de todos cuantos entran en el foro, sera una locura; slo pretendo abrir una puertecilla de comprensin, crear una costumbre de dilogo; que incluso piensen que yo estar leyendo y, sintindose algo amigos mos, moderen sus expresiones y no se dejen llevar por la fobia. S que no me van a ver nunca como una de los suyos, en el fondo. Algunos incluso desearn que me aleje del foro, dejndolos en una cmoda unanimidad y teniendo la fiesta en paz. Por la noche, siento con amargura que no tengo sitio en ninguna parte. Educada como catlica, pero no acepto la intransigencia catlica y no soy aceptada por ella. Ansiosa de amor, pero no s amar ni a hombres ni a mujeres y con la vida escapndoseme sin amor. Trans, pero a mi manera, que va parecindose ms a la de los castrati que a otra cosa. Me hunde este sentimiento de inadecuacin, de haber nacido para estar fuera de lugar en todas partes. Salgo a pasear por la avenida de varios carriles que pasa por debajo de mi casa, entre rboles o palmeras, y al pasar una vaguada y volver a ascender en suave cuesta, me doy cuenta de que estoy en Chueca. "Cmo no me haba dado cuenta de que tengo Chueca al lado", me digo. Es a primeras horas de la tarde, hay un sol fresco y martimo y subo por la cuesta, que sigue siendo de varios carriles. Naturalmente, no hay mucha gente, hay algunos salones de t a la izquierda y personas que entran y salen, en una especie de plaza o ensanchamiento y luego, cuando se estrecha la calle, descubro al poco rato la alegre sorpresa de un cine de los antiguos, con una gorda marquesina de cemento pintada de un rojo un poco clarucho o pasado y carteles en las paredes de pelculas infantiles, y por tanto sobreviviendo todava. Sigo subiendo, hay algunos cruces de calles y de pronto, veo con espanto, apoyados en la pared oscura de la izquierda, a una serie de tos, hoscos, vigilantes, amenazantes, blanquecinos de piel y de ropa, con rayas azules de marinero en sus camisetas y brazaletes gamados, que me observan atentamente. S que son skins y que me han atrapado, que no tengo remedio, que es demasiado tarde para escapar corriendo y retroceder. Sigo andando entonces, porque no puedo hacer otra cosa, paso por delante de ellos y como me tema, el primero de la fila, muy grande, muy fuerte, plido, se separa de la pared y viene hacia m. Me mira, con una expresin que sobrecoge de determinacin irrevocable y odio. S que me va a matar o por lo menos que voy a tener que sentir, durante la hora que siga, una paliza terrible. La segunda parte empieza con el sentimiento de vergenza de haber delatado a alguien o haber dirigido sus miradas hacia otros compaeros, unos gays inocentes y despreocupados que se acercaban por otra calle; para sobrevivir. Me he salvado, pero ha sido al coste de una traicin. Estoy en una explanada de bellas losetas, delante de un templo circular que queda un poco en alto, de San Ignacio de Loyola o algo as, con bosquecillos negruzcos todo alrededor. Hay turistas por all y entre ellas (son mujeres) subo a la iglesia y entro en su interior acogedor, pero no muy artstico, con algunos grandes cuadros de poco mrito en los muros. Me da rabia que las turistas hablen descuidadamente, en voz alta, sin reparar en que es un lugar sagrado. Entran y descienden ostentosamente por las escaleras interiores que descienden hasta el plano de la planta algunos de mis nuevos compaeros, los skins, con aire desenvuelto, pantalones rudos y botas de montaa, compaeros que me han comprado por mi traicin. No hay mal que por bien no venga y comprendo que al menos estoy ahora segura entre ellos, porque aunque voy de hombre, e incluso no he afeitado mis mandbulas angulosas hace un par de das, me tratan como a un protegido, no un igual por supuesto, no uno de ellos, sino una especie de mascota, de cabra de la legin o algo as. No siento placer, sino confort, con la sensacin de sus cuerpos corpulentos que me rodean. Salimos a la explanada y en ella veo unos hierros pintados de claro y puestos derechos sobre el suelo. Hacen exclamaciones, alguien les ha quitado las ruedas de las motos ligeras en las que han subido hasta este santuario, dejndolas en los cuadros. Con ellos me siento junto a la carretera, en un bordillo en alto sobre la calzada, por ver pasar los autos, nos remos por uno muy pequeo y extravagante que llega, pintado de blanco, es el de una mujer, una artista o algo as, que forma en la parte delantera como una sillita para su nio. Va y vuelve. | ||
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Cristo anda fsicamente delante de nosotros o entre nosotros, en otra dimensin distinta de estas tres. Hay una prueba fsica, discutible y analizable como todas las pruebas fsicas, la Sbana Santa. Su resurreccin fue el hecho central de la Historia porque por primera vez un hombre venci a la muerte, entrando en ese espacio. Su amigo Lzaro revivi para volver a morir; pero l resucit para dominar los lmites fsicos y no volver a morir. Por eso importa seguir detrs de Jesucristo,para ver con curiosidad hacia dnde quiere que vayamosy preguntarse por el significado de su vida. Los Evangelios son el documento histrico ms inslito de cuantos tenemos a nuestro alcance. | ||
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22 de abril de 2005 Vienen a verme a casa unas mujeres para preguntarme por algo de transexualidad. Al pasar delante, varias veces, para sealarles el camino (en realidad por impaciencia), me doy cuenta de que me he dejado la casa sin hacer. Les pido que me esperen, confiando en que lo harn en la sala de espera acristalada con sillones claros que hay delante. Entro en mi casa para poner orden rpidamente, pero al volverme veo con horror que han entrado detrs de m porque no me han comprendido bien. Mi casa es un tugurio, agobiante, formado por una nica habitacin transversal y sin ventanas; frente a la puerta de entrada est mi cama, deshecha, con mantas de rayas revueltas, y a los pies, otra en un estado similar. Como son dos invitadas, les ofrezco los dos pobres sillones que tengo y me pongo a rebuscar, en el montn de trastos que tengo en un rincn, unos sillones de playa que tengo amontonados. Todos estn oxidados y sucios, las barras de aluminio y las bandas de plstico, el tercero que miro es el peor, con grandes manchas marrones en el asiento, y por comparacin hace aceptable el primero. De pronto, me encuentro que con confianza de mujeres, me han hecho que me remangue la falda hasta la cintura. Mi vientre, liso en la ingle, queda desnudo y me gusta con naturalidad que sea as. Noto el peso de mis tripas sobre la vejiga, que es gustoso aunque un poco incmodo, e incluso una ligera excitacin, porque me vean, que medio me molesta como de costumbre aunque no llega a velar el orgullo. Ellas aprueban lo que ven y me miden con un metro de costurera el ancho de cadera a cadera, y parecen convencerse, aunque yo temo no dar la medida o que resulte falseada por el tamao de mi barriga. Pero terminan reconociendo que todo est bien aunque "la cara no es de transexual", lo que implica que se han dado cuenta de mi masculinidad de carcter, aunque les maraville a la vez el estado de mi cuerpo. | ||
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16 de abril de 2005 La noche es buena para pensar, cuando te desvelas. Aunque cuando me despert a las cuatro, esta noche, he tenido que tomarme un calmante por la tensin con la que mi cabeza daba vueltas y vueltas. Es que he dejado de tener como modelo de vida a la mujer. En quienes primero pens como modelos de vida fue en los de Priscilla, pero no en la transexual vieja (como yo), sino en los dos gays. Modelo de vida, los hombres afeminados. Me imagino en el colegio, con diez o doce aos, leyendo un papel que tomamos, de cada lado, un amigo de mi edad, con quien poder compartir estos sentimientos, y yo. No, de pronto me imagino cruzando el largo Camino de Ronda de Granada, y entre la luz del sol que cubre autos y autobuses que se acercan, siento que quiero algo ms radical... Parecerme fsicamente (slo fsicamente) a las muchachas que esperan en la parada de bus de enfrente... como sa con camisetilla sin mangas y falda ancha y corta, por encima de las rodillas. Al fin y al cabo, sentimientos de travesti. Mi transexualidad es una incidencia de la masculinidad. | ||
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13 de abril de 2005 Estoy en Madrid por una parte que es como un pueblo blanco de los viejos; s que hay peligro y procuro ir por calles por donde haya gente, aunque no siempre lo consigo; vuelvo la cara y veo algunos movimientos detrs de m. De pronto, claramente, un hombre con cazadora blanca y camisa azul claro, muy hortera, que asoma medio cuerpo detrs de una esquina para acecharme. De frente, aunque afortunadamente puedo ponerme en un alto que hace la calle, tras un parapeto, viene un jinete y detrs unos toros, en manada, entre la multitud de la gente. El jinete monta un caballo grandsimo, muy gordo, muy largo y muy alto, como un camin de grande, de capa muy clara, rosada o de color carne, pero desagradable de aspecto; el caballo sube a donde estoy yo, para que el jinete se vuelva y pueda dirigir a los toros, pero con los movimientos inquietos de la grupa y de los remos traseros est a punto de pisotearme. El jinete, pequeo en comparacin con el caballo, es sin embargo tambin grande, bruto y prepotente. Los toros que llegan son, la mayora, cabestros, bueyes castrados, de pelo rojizo y larga cornamenta, pero despus vienen entre ellos tambin toros enteros. El hombre de azul y blanco se echa al centro de la calle y comprendo ya que es el encargado de abrir el portn a los toros para que entren en un gran corral. Sigo el camino, procurando no quedarme a solas. Se me une, viniendo por detrs, un hombre alto, con una cartera en la mano, que me alivia con su compaa. Es de noche, todo el tiempo. Entramos en una estrecha calle de cornisa, con casas a la derecha, de un par de metros de ancho y una barandilla que protege del gran salto por un precipicio de unos veinte metros. "Parece mentira que estemos en Madrid", digo viendo el lejano resplador de los barrios modernos, "esto parece la Carrera del Darro de Granada". De lo hondo del barranco suben vapores marrones y, al asomarme, veo en lo hondo el Manzanares, tambin ancho,sinuoso y terroso. Hay negras colinas cubiertas de bosque, en la noche, hermossimas, frente a m, en la otra orilla. Sigo caminando con mi compaero, que es tranquilizador, un hombre casi tan alto como yo, robusto, cabeza slida un poco clareada de pelo; es tambin profesor de Instituto. Seguimos por un descampado, donde a la derecha hay, esparcidas e iluminadas por focos, grandes construcciones blanquecinas de Telefnica, de formas compactas y retorcidas. Le digo que stas son las verdaderas esculturas abstractas de nuestro tiempo y que el paisaje parece Marte. Muy a lo lejos, se sigue viendo el resplandor de Madrid. Hay rboles junto a la carretera, un poco ms adelante, ms bien a la izquierda, un sitio fresco, hay una banda de chicos que me preocupan, junto a una moto, pero pasamos junto a ellos sin novedad. A un lado, a la izquierda, hay una escuela de viejos ladrillos rojizos, donde los nios cantan y hay un cartel pedaggico colgado a la entrada, anunciando alguna actividad que tiene poco que ver con la realidad... Los smbolos flicos del sueo son transparentes. En l no aparecen ms que hombres y machos. Quiz la maestra de la escuela, pero a ella no se la ve... | ||
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10 de abril de 2005 Por la maana, desborda todo mi genio defendiendo en una reunin que los valores morales, como la honradez, no deben formar parte del ideario de la empresa, sino que deben darse por supuestos, como el aire que se respira. Durante un buen rato, hablo con pasin y rabia (y fuerza masculina?), que s que son ms temibles que las de muchos hombres. Un rato antes, haba expuesto otras ideas con brevedad y contundencia. Tanta, que no hubo rplica alguna. Ana me dice en voz baja, de broma: "Eres un crack!" Veo luego en un bautizo a unas madres jvenes, con sus nios de dos o tres aos cerca, y al mirarlas percibo el espesor de la feminidad, que es la maternidad, la capacidad de dedicarse y de centrarse durante aos, en las vidas de esos pequeos seres, de quedrselos mirando, ajenas al resto de lo que pase, de preocuparse casi exclusivamente por ellos. "Has hecho pis?", le pregunta una en voz baja a su chiquillo, que se siente tranquilo y contento, porque est al lado de mam. Por comparacin, percibo le delgadez de la corteza de lo que llamo femenino en m. Reconozco que soy una persona suficientemente masculina, pero a la vez, si me he operado y no lo lamento, es que soy tambin suficientemente otra cosa. Lo justo para distinguirme de los otros hombres. De madrugada, todas estas preocupaciones aparecen en un sueo en el que estoy dando clase, con aquel traje de lana gris, chaqueta y pantaln, que tena, y con corbata. Estoy natural y me muevo con desenvoltura, elegante, con la chaqueta abierta. De pronto, pienso que tendr que volver a la falda habitual, y cmo voy a hacerlo, despus de que me hayan visto as? "Esto no es un sueo, es la realidad", pienso una y otra vez. Y de pronto, me despierto y comprendo con alivio que s era un sueo. Este sueo s que expresa mi convencimiento actual de que tampoco es la falda la prenda que me representa exactamente; pero ya despierta, conscientemente, s que la falda representa mi diferencia mejor que el pantaln y, por tanto, seguir usando falda. | ||
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