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| blog trans difcil de situar |
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14 de mayo de 2005 Bajo la cuesta dndome cuenta de que estoy vaca de amor. Miro el alto rbol, altsimo, bien podado, oscureciente, que me consuela por su belleza. No hay nada de malo en que yo desee tener alguien a mi lado que me haya tomado las manos, para sentir las suyas, o que me haya mirado con ojos de cario, por encima de mi incredulidad. No ocurri eso ni con veinte aos, ni con treinta... No ocurrir ahora, previsiblemente, con sesenta ni con setenta... Qu largo espacio vaco y negro he tenido que recorrer! Qu dolor, que angustia y qu miedo, por lo que todava tenga que pasar! No ha podido ser porque no soy capaz de desear a una mujer ni tampoco a un hombre. A otros les brillan los ojos, desean y por eso se sienten y son deseados. Yo no. Yo he sido hecha, como tantas otras, para estar sola. Entro en la iglesia y de pronto me llega un registro diferente. El sacerdote tambin est solo y triste por su soledad, pero tiene algo ms. La Iglesia es como una familia, un poco sosa, pero afectuosa. Menos mal que existe desde hace tantos siglos. El sacerdote est para dar paz a los fieles, para orlos en su desamparo; muchos de ellos tienen esta misma clase de soledad y de tristeza. Pero en la iglesia es como si esas cosas no importaran. Se dan gracias a Dios. Es verdad que las manos de Dios no se tocan, ni tampoco tocan, pero lo que da, que es ms sutil, es quizs ms reconfortante. Se olvida todo lo de antes; ya no se desea; se acepta lo que venga. Es bueno, viene de Dios, es un regalo de Dios. Recuerdo las acusaciones incrdulas de conformismo e incluso abyeccin. Pero los seres humanos estamos muy solos y Dios es poderoso. Hoy es Pentecosts, y en la primera lectura se lee el esplndido relato de la visin de Ezequiel, cuando ve un inmenso valle lleno de huesos secos, toda la casa de Israel, pero Dios le dice que lance un orculo, y vendr el espritu santo de los cuatro rincones de la tierra y pondr tendones sobre los huesos y carne y piel, y Ezequirel ve que lo hace y que todos se levantan. Dios puede hacerlo. No puede hacer que se reabsorba un tumor enorme en diez minutos, como lo presenci Alexis Carrel, todava incrdulo? Con Dios nadie est solo. Miro mis manos, pensando que Dios puede amarlas, aunque ningn hombre las haya amado ni ellas han podido amar ni acariciar a ningn hombre. Para estar cerca de Dios hace falta habituarse a pensar de otra manera. Desear, se puede desear, pero hace falta poner por encima del deseo la ternura y la pureza. A partir de ellas se puede sacar incluso un valor como el de un padre o una madre. Pero en el mundo de hoy, en mis libros, no hay ms que deseo. Por eso me siento destruida, aunque enamorada, cuando termino de leerlos. Por eso me llevan persuasivamente hacia la muerte. | ||
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